Plantación de trigo en Coipolafquén, de Temuco vía San Ramón, sur de Chile.
Plantación de trigo en Coipolafquén, de Temuco vía San Ramón, sur de Chile.

Una extraña sensación me pareció sentir cuando tomaba esa foto tras el trigal. Se me erizaba la piel, era como un frío en la espalda, alguien se acercaba lentamente. Apenas la veía pero la escuchaba bien, completamente la escuchaba.

– ¿Sabes qué hay tras ese trigal?
– No, pero parece una bella plantación.
– Un bosque nativo que ha desaparecido.

Me explicaba así la estrella azul plateada, que lo que quedaba era ese viejo árbol, ¿tal vez una lenga o un raulí?, no lo sé, pero tras de sí había una campo plantado con ordenados arándanos, sabrosos pero terribles y tristes a la vez. Más acá el campo dorado, un trigal hermoso que secaba la tierra en torno a la que ya no se cultivaban los bosques nativos.

Al rato se me hizo plácida y normal la compañía de la azul estrella, un manto azul vino tinto cubría todo su cuerpo, era como un viejo poncho, no hacía más que mirar la energía que quedaba del viejo bosque y parecía hablarle con su alma, aún estaba prendida de lo que al parecer todavía marcaba el destino del lugar.

– Este campo será bosque de nuevo, y volverán el agua, los pájaros, la vida.

Me decía aquella estrella anciana, hermosa como niña risueña pero con siglos de sabiduría en su mirada profunda. Cada vez se me revelaba más y más, ya no me asustaba, y con ello se hacía mi serena compañía.

No quise preguntar quién era, no hacía falta preguntar lo que ya sabía. De pronto giraba su rostro cuando venía una brisa del este, y en eso me miraba profundamente, como si depositase en mí sus experiencias, sus fotografías.

Al principio no la comprendía, pero de a poco con su aroma llegaban a mí recuerdos de lo que fui y llegaría de nuevo a ser. En seguida me quité las botas llenas de barro para llenar de tierra mis pies, con ello me sentía más y más en casa, no me quería ir, nunca lo quise.

– ¿Sientes el recuerdo?

Me preguntaba pacientemente. Le decía que la vida se hacía chiquita e infinita a la vez en segundos se recorría toda la energía que nos unía, éramos más que dos, fuimos todo un pueblo que allí hizo vida junto aquel bosque nativo que ya no estaba para cantar por lo que representaba para nuestra vida.

– Cántale, y no dejes de hacerlo.
– Y, ¿se nos hará de nuevo vida?
– Debes cantarle a la vida que te acompaña.
– Pero, ¿sentirla sin verla?
– Sólo siéntela y la harás regresar, no dejes de cantarle y pisar con tus pies la tierra que te llama, es la madre que te espera, que espera que no la olvides, una vez que la llames ella volverá contigo y se quedará con nosotros.

La niña anciana hablaba raro, era rara la cara de luna, la azul plateada estrella. Hacía con sus manos como recogiendo algo con los puños, luego lo lanzaba al viento y señalaba cómo caía en el suelo y lo absorbía la tierra. Luego hacía un raro gesto, como haciendo brotar de la tierra plantas, flores, frutos, hasta pájaros y hermosos bichos de todo tipo brotaban de las plantas, volaban entre nosotros y daban más vida a lo que ya se veía sería ese resplandeciente campo.

– Que esta voz llegue a todos.

El viento cesó y la estrella azul plateada se fue hacia el poniente con el sol que ya caía. La luz se iba de a poco, pero tras el trigal el viejo árbol, el único que quedaba de aquel bosque nativo, resplandecía con impresionante luminiscencia. Ahora comprendía por qué resplandecía tanto aquel campo, por lo que fue y por la llamarada de energía de lo que volvería a ser con nuestros cantos alegres e incesantes de amor a aquella sagrada tierra.

Serie Relatos de Coipolafkén
@samscarpato

Código: 08-2015-6153

Publicado por vez primera el 21 de julio de 2015 en el enlace