Escribir sobre la situación universitaria en Venezuela es una tarea astringente y abrasiva para unos cuantos. Es difícil hacerlo sin herir susceptibilidades, pero hay que decir las cosas cuando ves (como institución) que sus hijos se pelean por recursos y circunstancias en terrenos políticos que eventualmente escapan a las reglas del juego y las instituciones son, precisamente, las reglas del juego en sociedad.

Trataré de argumentar por qué es difícil de explicar la paralización universitaria desde la perspectiva de un tercer sector que no es neutral, pero que ve las cosas de manera muy distinta. En esencia, existe un primer sector que alaba todas las acciones del gobierno nacional y hay un segundo sector que lo odia sin importar la naturaleza de sus acciones y, por supuesto, de allí nace la puja entre sectores totalmente enfrentados.

ENTÉRESE QUE EXISTE UN TERCER SECTOR. Al hablar de justas reivindicaciones salariales y presupuestarias en general para el sub sector académico universitario, debiésemos hacer referencia obligada y sin demora a los méritos académicos. Se me ha hecho difícil encontrar (sin embargo existen algunas excepciones) entre los voceros que conducen las protestas profesorales y los que las combaten a ultranza (reitero ambas vocerías), a profesionales egresados dentro de los tres primeros puestos de sus respectivas promociones de pre y postgrado, que a su vez no pertenezcan o no hayan pertenecido a una corriente político partidista y que hayan dado demostrados aportes a la sociedad (teórico prácticos, científico tecnológicos, etc.) en sus 10, 20 ó 30 años de carrera profesional.

No es pecado graduarse sin honores, tampoco lo es pertenecer a un partido político, menos aún no ser un investigador y divulgador científico. Estoy tratando de revelar de manera objetiva que una mayor parte de quienes nos dirigen en la universidad, sea tirio o troyano, no cuenta simultáneamente con estas tres condiciones básicas para abrogarse el derecho moral de decir: “yo represento a la universidad por lo que ella representa para la sociedad”.

La lógica formal me dice que es amoral entonces, que quien no cuente con estas premisas académicas básicas motorice la parálisis universitaria, o bien sea quien del lado contrario diga que los profesores no pueden hacerlo. Espero el amable lector no se pierda en estas extrañas palabras, por favor trate de leer con objetividad.

Existe un tercer sector para nada neutral, en el que estamos obstinados de tirios y de troyanos, que los vemos como amorales académicos (a tirios y a troyanos) alardeando en la sociedad su musculatura ante eventos que demandan más méritos que gritos y consignas. ¿Con qué moral denunciar ante el mundo que tenemos en Venezuela altos gobernantes sin los méritos académico – profesionales para ocupar tales cargos, si la dirigencia universitaria (el sector de la sociedad que justamente debe dar este ejemplo) no demuestra tales méritos? (con escasas excepciones, reitero).

TAMBIÉN SOMOS POLAR. A un colega analista político internacional le pareció insólito que existan líderes sociales que protesten enérgicamente contra la paralización de seis plantas de una gigantesca corporación privada, acciones a mano de un importante aunque radical sector sindical y, al mismo tiempo, avalar la parálisis universitaria. No entendía cómo el paro podía ser malo en un caso y bueno en otro.

A su vez, este amigo me pidió algunas cifras cruzadas (históricas) referidas a la porción del Producto Interno Bruto (PIB) dedicado a la educación en Venezuela con énfasis en el subsector universitario. Al constatar que la porción ha crecido históricamente, decidió dejar por lo pronto su análisis, retirarse a reflexionar para ver cómo abordar su estudio desde una perspectiva que no le obligue a valorar el conflicto desde la lucha de clases o desde la pugna político partidista.

EL DERECHO A HUELGA NO ES INFINITO. La huelga de controladores aéreos en Europa, por ejemplo, que usualmente dura de uno a tres días (de aplicarse en EE.UU. se consideraría terrorismo, según leyes federales) tiene fines de presionar para luego hacer que las partes se sienten a negociar, pero no es infinito y no puede serlo. Sin embargo, hacer huelga desde los sectores salud o educación es otra cosa.

La educación, como la salud, es un derecho social pero también es un derecho humano (con independencia de la perspectiva del derecho al trabajo). Aparte, es palanca productiva en cualquier país del mundo. No puede comprenderse el amor a tu país dañando uno de sus más importantes órganos, la educación. Si bien como profesor universitario estoy obligado a denunciar mi inconformidad ante los sueldos miserables a los que nos tiene sometido el Estado venezolano, al mismo tiempo denuncio mi inconformidad sobre cómo se está manejando el conflicto por parte conformante del profesorado en mi país.

LA VANGUARDIA CIENTÍFICA CULTURAL NO REPRESENTA LA LUCHA UNIVERSITARIA. La “generación del 28” venezolana fue más que referencia política, una referencia de avanzada académica y, en alusión a lo expuesto en el primer punto, si bien algunos no eran los primeros de su clase, hablamos de insignes investigadores y literatos venezolanos.

El asunto no es tanto el alarde académico, pero sí de aprovechar los espacios naturales que son consigna universitaria: la discusión de las ideas, el desarrollo de nuevas propuestas, la innovación científica tecnológica, el poder del pensamiento y de la palabra, el apalancamiento del progreso local y el siempre buen ánimo cultural, esa es esencia de la universidad que todos queremos, no sólo la que lucha por sus reivindicaciones financieras por más justas que estas sean.

ELLOS LESIONAN, YO LESIONO. Decir que el gobierno nacional encauza políticas económicas acertadas es absurdo, como decir que hace su mayor esfuerzo por escuchar a todos los sectores de la sociedad. La arrogancia de quienes manejan a discreción el Estado venezolano no puede estar más patente o mejor representada que desoyendo al sector universitario, peor aún, al no apalancar (verdaderamente) el enorme potencial científico-tecnológico que tenemos represado como resortes comprimidos por décadas, con capacidad para dar respuestas productivas a la sociedad toda.

La arrogancia y la reacción en el manejo del conflicto es de parte y parte, por eso insisto en la necesidad de que un tercer sector sea escuchado, no necesariamente como árbitro, pero tampoco como parte extrañamente representada por la polarización encarnizada, que actualmente se abroga insuficientemente la mencionada representación del subsector universitario. Reaccionarios de ambos bandos descalifican y generalizan sobre insólitas sentencias que a diario insultan la inteligencia de los que, repito, estamos obstinados de ambos extremos.

LA UNIVERSIDAD TOMA LA BATALLA DE CALLE. Junto con la revolución de las rosas en Georgia (2003), algunos estrategas de la guerra de cuarta generación sugirieron (desde 1989 vienen haciéndolo) dar un giro definitivo a la manera de incorporar a la juventud y al sector universitario como punta de lanza en las luchas políticas (para unos legítimas formas de protesta y para otros una maniobra para derrocar gobiernos) y, desde la revolución naranja (Ucrania, 2004), definitivamente se encauza mundialmente este sector como un actor clave en la confrontación político partidista. Este hecho quedó demostrado en Venezuela cuando los estudiantes tomaron sistemáticamente la calle en 2007, hasta el punto que el gobierno nacional pierde por vez primera una elección de importancia estratégica (referéndum para la reforma constitucional el 2 de diciembre).

La universidad venezolana es tal vez el microcosmos que se ha convertido con más efusividad interna y mayor proyección mediática en el campo de la pugna política, asombrosamente más que el parlamento nacional y, aunque no lo crean, más que los partidos políticos. Por esta razón, ambos contendores saben que hay que tomar a como dé lugar este espacio político. No es casual entonces el viraje en las medidas tácticas y estratégicas adelantadas por el gobierno central para debilitar algunos componentes decisorios y presupuestarios dentro de las universidades y fortalecer otros tantos relacionados con la masificación.

CAMPO MINADO Y EVASIÓN DEL CONTENIDO ACADÉMICO. Ambos extremos se encargan de colocar suficientes minas políticas, administrativas y eventualmente académicas que más que dañar al contrario, lesionan el espíritu crítico por excelencia que debe tener el estudiantado y el profesorado respecto de las políticas públicas y el desarrollo local.

Por más que queramos crear espacios para el debate de las ideas y para apalancar el progreso local, la universidad (al menos en Venezuela) se ha convertido en un campo político minado y, como tal, hay que andar con cuidado por cuanto por nada se activa tal explosividad. Para evitar herir susceptibilidades, muchas de las discusiones profesorales se han reducido a temas que insólitamente no se le acercan para nada al aporte que debiésemos estar dando las universidades ante la crisis generalizada que vive la sociedad venezolana. Sin embargo, es difícil conseguir profesores que no expongan ampliamente sus posturas partidistas dentro de las aulas de clase por lo que, insisto, la universidad venezolana cambió por completo y se ha convertido en un “ring de boxeo” con no poca frecuencia.

MASIFICACIÓN VERSUS CORRUPCIÓN. La base social que explica la enorme distribución de la riqueza nacional mediante obras, servicios y transferencia directa de recursos a sectores sociales que históricamente estuvieron deprimidos, demuestra también la pérdida de protagonismo de la universidad venezolana como receptor histórico de parte considerable del gasto o inversión social. Eventualmente se ha privilegiado la masificación por sobre la calidad en muchos componentes de esta enorme distribución y con no pocas muestras se ha caído en pronunciados actos de corrupción (con cada vez más frecuencia estallan escándalos de este tipo llevados a cabo por altos funcionarios de gobierno).

La corrupción a nivel nacional es innegable y la masificación en la distribución de recursos también. El problema ya no es la inclusión social, expresada entre otras cosas con la creación de decenas de nuevos espacios universitarios; más de la mitad de las universidades en Venezuela han sido creadas o potenciadas por el gobierno nacional (mayormente por parte del Pdte. Chávez). Ahora el problema es otro, ¿qué hacemos con lo que tenemos?, ¿cómo se reagrupa la correlación de fuerzas en esta nueva realidad universitaria?, ¿qué han hecho las universidades tradicionales para no perder los espacios que antaño detentaban como protagonistas y representantes de este sector?

EL NUEVO PRESUPUESTO UNIVERSITARIO ASFIXIA A PESAR DE TODO. La dilapidación de recursos y la corrupción en grandes obras de gobierno es un tema que amerita un foro aparte, pero en este caso no se puede negar que el Estado ha hecho inversiones sociales que escapan a la comprensión de muchos analistas extranjeros. Obras simultáneas, muchas de ellas inconclusas, y misiones de gobierno (en algunos casos cuestionada su calidad), son muestra de la amplia base diversificada de la inversión social en Venezuela.

Sin embargo en el sector educación, más en específico en el subsector educación universitaria, el presupuesto asignado si bien ha crecido considerablemente, no ha sido de manera uniforme sino más hacia las partidas que menos libertad decisoria le dan a las autoridades universitarias y las ata a acompañar (sí o sí) la generosidad del gobierno, haciendo incrementos a providencias estudiantiles, así como achatando la pirámide de escalafones salariales al acercar el sueldo del profesor al de los obreros y empleados administrativos.

EL GOBIERNO SABE DÓNDE ESTÁN SUS VOTOS Y DÓNDE LOS DE LA OPOSICIÓN. Las universidades tradicionales se han convertido en bastión de la oposición política en Venezuela, de allí que en los últimos diez años el gobierno ha profundizado cambios para ampliar la base estudiantil aliada dentro de estos espacios, lo cual no está mal (pero tampoco está bien). Desde nuevas universidades y masificación de otras no tan nuevas pero aliadas (UEPTAEB, UNEFA, UNELLEZ, entre otras) hasta la modificación de la OPSU y el ministerio de adscripción, de las medidas para el incremento presupuestario en áreas más sensibles a ciertos sectores sociales, el Estado ha podido manejar a discreción buena parte del escenario universitario.

Este importante sector ha perdido capacidad de maniobra para decidir sobre los recursos orientados a ciencia y tecnología, laboratorios, nuevos programas, infraestructura, instalaciones, seguridad y equipamiento en general. El divorcio político funcional ha sido tan igual como la pareja que se divorcia y uno de los padres, al estar obligado a dar la “pensión” a su expareja para que atienda los hijos de ambos, sólo le da para los gastos mínimos y para la comida, sin tomar en cuenta que existen instalaciones, imprevistos, otros servicios, inflación y un personal dedicado a dicha atención, por lo que la sola “pensión” para comprar comida jamás bastará.

La universidad ha quedado reducida a ser la ejecutora de recursos (también restringidos) por medio de las partidas que se le indican, por lo que bien la universidad puede contar con mucho dinero depositado pero sin poder transferirlo a otras partidas. La contienda política nos ha arrastrado a todos a esta situación, ambos extremos lo saben y siguen manipulando al “tercer sector” con insólitos argumentos que buscan justificar sus acciones.

LA RESPONSABILIDAD ES COMPARTIDA. Es tan irresponsable la asfixia a las universidades por parte del Estado venezolano, como la declaratoria de paro por parte del gremio al cual me adscribo, integrado por colegas con los que eventualmente difiero pero en esencia los comprendo y apoyo en parte. Si depurásemos el asunto político partidista y la inocultable pugna gobierno – oposición dentro de las universidades, la mayor responsabilidad recae en las políticas del gobierno nacional, a través de los órganos que presionan sobre esta institución: ministerios con competencia en educación universitaria (incluyendo OPSU) y finanzas (incluyendo ONAPRE), Contraloría General de la República, Asamblea Nacional, entre otros.

No obstante, la universidad a lo interno presenta un letargo por décadas de desconexión con la realidad que nos rodea, lo cual nos expone como corresponsables de la crisis generalizada que vivimos en nuestro país. La mayor parte de los funcionarios del actual y anterior gobierno, y la totalidad de los más anteriores, se formaron en una universidad “tradicional” venezolana, al menos los que lograron ingresar, cursar y culminar alguna carrera profesional.

Algo no está bien. La criminalidad en Venezuela no ha parado de crecer en el último medio siglo, rompiendo los promedios latinoamericanos desde los años 1991-93, al extremo que hoy es insoportable, pero insisto que desde hace veintidós años nuestros índices de criminalidad y delincuencia superan a los de la región. De igual forma, desde hace más de setenta años no nos autoabastecemos alimentariamente, dependemos cada vez más de las importaciones. La corrupción en Venezuela es tristemente histórica y cada gobierno se ha dedicado puntualmente a responsabilizar de esto a los anteriores gobiernos, en todo caso, los que no comen del pastel y están fuera de la rebatiña culpan al gobierno de turno. Todos se acusan, ninguno es responsable.

Ya es hora que la universidad venezolana asuma su responsabilidad histórica, incluyendo las universidades creadas o potenciadas bajo el amparo del gobierno bolivariano. Es insólito que todos los meses estalle un nuevo caso de corrupción o se “descubra” uno viejo y las universidades donde se formaron los funcionarios implicados no se pronuncien al respecto.

Existe un divorcio igualmente histórico entre las universidades (con énfasis en las públicas) y los liceos o colegios privados, entre la universidad y las familias o los hogares de sus estudiantes y trabajadores. Por más de mil doscientos años, la universidad sigue comportándose como el viejo seminario donde los buenos hijos son enviados para su próspera formación, pero no es la universidad la que va a las familias.

Esta es una de las mayores deudas sociales (acumulada) que hoy hace que se nos venga toda una serie de problemas encima. El divorcio es tan igual con los gremios empresariales y las soluciones científicas y tecnológicas que debemos transferir de manera sistemática para con ellas. Al respecto llevo años recomendando desempolvar todos los libros de Alvin Toffler, especialmente los primeros capítulos de “La revolución de la riqueza” (2006), donde se sustenta con claridad el rezago (y tal vez el camino a la desaparición) que tienen muchas universidades del mundo, con énfasis en los países en condición de subdesarrollo.

PRIMERA CONCLUSIÓN. Este es un tema complejo y aún sin agotar, pero será difícil de resolver e incluso estéril de discutir sus posibles soluciones (segunda parte de esta entrega) si no rescatamos el verdadero espíritu universitario y deslastramos lo más posible a la universidad de la encarnizada contienda política y de lo que representa el peligroso campo minado sobre el que estamos parados.

Si bien es lamentable y vergonzoso que un profesor universitario en Venezuela gane entre uno y dos sueldos mínimos al mes cuando hace veinte años llegó a ganar hasta catorce sueldos mínimos, no apoyo el paro docente, al menos en las condiciones en que está planteado dicho paro.

Considero que la universidad a puertas abiertas puede dar más lecciones de moral política que a puertas cerradas y hay suficientes razones para considerarlo. Creo también que un tercer sector, jamás neutral, puede y debe dar soluciones al respecto con más credenciales morales que las que hasta ahora han encauzado tirios y troyanos.

Finalmente, debe procederse a los mecanismos refrendarios para que las decisiones del Consejo Universitario y de las asambleas de profesores sean avaladas por al menos las dos terceras partes de la base profesoral, con el visto bueno de igual proporción del estudiantado (a quien se debe la universidad), de lo contrario seguiremos dando paso a la censura por parte de la opinión pública y, en estos tensos momentos políticos que vivimos en Venezuela, necesitamos justamente fortalecer los mecanismos democráticos para tener cómo señalar de tales deficiencias al gobierno nacional.

En una próxima entrega hablaré de ciertas soluciones prácticas para que la universidad venezolana retome en la medida de lo posible su rol como referente ante el desarrollo local. Por lo pronto, será inútil de mi parte presentar tales propuestas de solución entre tanto no asumamos con corresponsabilidad institucional nuestra cuota parte de la difícil situación que vive la sociedad toda.

@samscarpato

Código: 09-2015-7007

Para citar este escrito:

SCARPATO, Samuel. (2015). Sobre la huelga universitaria profesoral en Venezuela. Primera publicación en fecha 06-Jul-2015 en el medio Facebook. Segunda publicación en fecha 21-May-2016. Consultado en fecha (día)-(mes)-(año). Disponible: http://samscarpato.com/sobre-la-huelga-universitaria-profesoral-en-venezuela/