Señor juez, vengo a hablarle en nombre de los bosques y de las selvas

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– Buenos días Señor Juez, por favor reciba esto que traigo para usted.

– ¿Qué son todas esas cajas?, ¿es una encomienda personal para mí?, ¿cómo ha entrado usted en este despacho?

– ¿Cuál de todas esas inquietudes le importa más?, para comenzar a responderle.

– ¿Quién es usted?

– Ah, esa es otra interesante pregunta, le diré que eso es lo de menos. El mensajero en este momento no importa. Me envía el Espíritu de la Selva, cuya voz me habla al tiempo que usted escucha.

– Bien, hagamos que no escuché esa parte, ¿cuál es su nombre?, ¿acaso tiene audiencia conmigo pautada para este momento?

– Mi nombre no ayudará en nada a la comprensión del caso que le traigo. Vengo en nombre de los bosques y de las selvas, y saber cómo entré yo aquí tampoco le servirá para registrar lo que debo decirle, porque le estoy hablando a su espíritu y, cuando usted despierte, verá todo de otra manera.

– ¿Cuando yo despierte?, ¿se ha vuelto loco?, ¿despierte de qué cosa?, ¡si me encuentro en mi despacho, en mi juzgado y en mi lugar de trabajo cotidiano!

– Cálmese Señor Juez, lo menos que debemos hacer es exaltarnos. Por favor, respire profundo y sienta la brisa en su rostro, la brisa olor a tierra húmeda y a la fragancia de mil colores en los árboles florecidos.

– ¡Increíble que yo esté perdiendo mi valioso tiempo!, vea que ya son las…, las…

– ¿Son las?

– El tiempo (…), ¡mi reloj se ha detenido!

– Cálmese Señor Juez, esto le parecerá un poco confuso. Debe usted respirar profundo y abstraerse de la mundana cotidianidad para que vea lo que vengo a decirle.

– ¿Cómo que vea?, será más bien que escuche.

– No Señor Juez, viajaremos juntos en el no espacio y en el no tiempo para que comprenda el mensaje de la selva.

– ¿Qué es lo que viene a traerme?, ¿qué son todas esas cajas?

– Las cajas en realidad están vacías pero llenas de vida, esas son anclas Señor Juez, son símbolos para sacarlo de sus distracciones.

– ¿Yo distraído?, ¡más bien soy un hombre muy ocupado!, al igual que debe serlo usted.

– No soy hombre Señor Juez, tampoco mujer, no tengo edad, pero si tengo rostro, el rostro de la selva y todo lo que ella implica. Sobre las distracciones, debo sacarlo de ellas y traerlo a la realidad de la vida.

– ¿La realidad de la vida?, ¡vaya que es extraño usted!, yo vivo la realidad todos los días.

– La realidad de la muerte y de lo que nos lleva a ella.

– ¿Cómo dice?

– Mejor prosigamos Señor Juez, debemos hacer un profundo viaje y para cuando usted despierte, hará lo que su conciencia le dicte en conexión con el Espíritu de la Selva y el centro del universo mismo.

– Prosigamos…

– Vaya, finalmente abrió su percepción.

– ¿A qué se refiere?

– A lo que vengo a entregarle.

– ¡Para luego es tarde!

– Las leyes de los hombres se basan en el sentido común y en el uso y costumbre, luego son convertidas en firme y codificada legislación y en jurisprudencia, ¿cierto?

– Cierto, ¿qué con eso?

– Partamos del sentido común y la necesidad de proteger los bosques y las selvas que nos quedan antes que sea más tarde. Incluyamos también los espacios donde no han debido desaparecer importantes bosques y selvas que hoy al parecer nadie extraña.

– Bien.

– Sed, hambre, enfermedades parasitarias y respiratorias (…), todo un sistema de salud pública colapsado por la falta de sentido común y por no volver la mirada a la esencia del problema. Aparte, crisis eléctrica y parálisis productiva, merma educativa, hacinamiento en las urbes, delincuencia, escasez de alimentos y el asunto empeora.

– ¿Qué tiene que ver todo eso con los bosques y las selvas?

– Mucho Señor Juez, y todo a la vez.

– Prosiga.

– Me enteré que usted no es tan imparcial y que de alguna manera apoya al gobierno de su país.

– Yo no tengo color político, sólo me apoyo en el plan de la nación y me aferro a la posibilidad de desarrollo de mi país para el beneficio de la sociedad toda.

– Descuide que no soy la Santa Inquisición, aunque hablando de inquisición…

– ¿Cómo así?

– Para usted, ¿cuál es el origen de la explotación despiadada de nuestras tierras, nuestra cultura y nuestros recursos?

– Ah, ahora entiendo. Indudablemente fue la invasión y conquista por parte de los europeos en este sagrado suelo.

– Y precisamente, ¿ellos vinieron hace siglos en búsqueda de qué?

– Pues de nuestras riquezas naturales, ¡especialmente del oro!, cuya explotación implicó además el sometimiento y vulneración de la dignidad humana de nuestros pueblos originarios, todo ello excusado en nombre de Dios, de la nueva cultura y del progreso.

– Dígame algo, ¿qué los llevó hace más de cinco siglos a iniciar esa era de saqueos?

– Supongo que la flojera y el facilismo de vivir del extractivismo y el rentismo al explotar los recursos de la Madre Tierra, dejando caos, vaciedad y desolación para las siguientes generaciones.

– ¡Vaya, vaya, Señor Juez!, parece que usted comienza a percibir la realidad de la vida.

– Es la pura verdad.

– ¿Usted cree que el sentido o propósito de la explotación minera ha cambiado en estos siglos?

– Más bien se ha profundizado la idiotez social al darle valor e institucionalidad a lo que no tiene valor para sostener y sustentar la vida. Para justificar la explotación antes nos decían que Dios así lo requería, ahora nos hablan en nombre de la ciencia y del progreso económico para la redistribución de la riqueza dentro de la sociedad.

– Disculpe que lo ataje, Señor Juez, pero ¿por qué alega en función de la ciencia?

– Porque los ingenieros nos explican que existe una minería buena y una minería mala, es decir, existen métodos para contaminar, envenenar y destruir un poco menos.

– ¿Qué tanto menos?

– A razón de la persistencia de los daños, pues un ocho por ciento menos.

– ¿Ocho por ciento menos de daño?, ¿entonces implica la posibilidad de dañar el medio natural al menos un noventa y dos por ciento igual que la minería mala?

– ¡Exacto!, y con el medio cultural podría ser peor la cosa.

– Prosiga Señor Juez, déjeme tomar asiento, por favor.

– Adelante.

– ¿Por qué dice usted que en lo cultural puede ser peor el asunto?

– ¿Recuerda usted a su comadre del pueblo Huottüja, mal llamado Piaroa?

– ¿Se refiere usted a Cilia, la abuela tejedora?

– Sí, me refiero a ella. ¿Por qué se llama Cilia?

– En realidad se llama Cecilia, pero es impronunciable en nuestra lengua huottüja, por eso le decimos Cilia.

– Yo trabajaba como pasante en aquel registro civil, también trabajaba con los pocos casos de inmigrantes que llegaban, y recuerdo que no permitíamos los nombres raros, de hecho aún se estila. Esa niña la registraron muy tarde, más que adolescente, y su nombre indígena era muy extraño, ni siquiera lo podíamos pronunciar, así que en esa oficina la bautizamos Cecilia, hasta nos reímos de ella y su padre que la presentaba. Tan igual como aquel ciudadano chino que bautizamos Rolando porque no entendíamos su nombre.

– ¿A qué viene esa confesión?

– Nosotros, me refiero a las instituciones, decidimos por el acontecer de los pueblos originarios, sus comunidades y su gente. Esto incluye decidir sobre sus formas organizativas, su régimen escolar, su inserción en el sistema socio económico, todo pues y por supuesto sobre sus territorios y recursos.

– Pero, ¿acaso no es lo correcto?, me refiero a que las instituciones son las reglas del juego en toda sociedad, ¿o no?

– Sí, pero no es del todo así.

– Explíquese por favor, Señor Juez.

– Nosotros nos encargamos de interpretar las normas, por tanto las acomodamos en cierta forma, así podemos demostrar que existe un tipo de minería que es buena, aquella que no asesina con mercurio sino con cianuro, pero es buena también porque no evade su responsabilidad social y hace ingentes donativos para los hospitales donde asistimos a los pacientes que envenenan. Aparte, avalamos que la minería sostiene importantes campañas ambientales para proliferar los huertos escolares y la plantación de hermosos árboles a los lados de la autopista que conduce a los campamentos mineros, ni hablar de los empleos que surgen gracias a estas empresas, junto con los impuestos y tasas contributivas que acometen.

– Estoy asombrado, Señor Juez.

– La Constitución y la ley hablan a favor de la consulta previa y consentida a los pueblos y comunidades indígenas para desarrollar su entorno natural, pero en esencia nosotros decidimos por ellos porque la toma de decisiones no se hace conforme sus costumbres, sino según las estructuras y asambleas populares que nosotros organizamos en actos públicos y con entrega de recursos, así que no hay margen para la diatriba y la deliberación.

– Usted está hablando de un “nosotros” que ahora no le entiendo nada. Antes hacía alusión a que usted es imparcial.

– El desarrollo, me refiero a los planes de desarrollo nacional, hay que impulsarlos a toda costa para que el país no se detenga. Lo que sucede es que ya estoy percibiendo la realidad de la vida, que antes no veía.

– ¿Qué sucederá con las lluvias disminuidas por la destrucción de la selva?, ¿acaso la compensación será el fenómeno de “La Niña”, vaguadas atlánticas que traerán el agua que precipita cientos y miles de kilómetros tierra adentro?

– Así “sembremos nubes” y caigan diluvios, ya es tarde. Sobre un río o cuenca hidrográfica desnuda de bosques y selvas, agua que caiga, agua que se pierde en la violenta, revuelta y erosionante escorrentía aguas abajo. Por el contrario, así llueva de manera eventual o intermitente, la selva en su estado natural debe retener y conservar gran parte del agua que precipita gracias a su enorme e intrincada red de raíces y demás organismos que habitan el sotobosque. Así, los caudales se podrían mantener durante los períodos secos. Cuando la cuenca está desnuda de bosques y selvas, al igual que el tejado de una casa, el agua de lluvias corre y se pierde. Pero esto es algo que ni los técnicos entienden porque ellos dicen que para eso están las represas.

– Disculpe, Señor Juez, con excepción de los términos técnicos, usted me está hablando como hablan los viejos del campo, tal como los que perciben la esencia de la vida.

– Extremas sequías y extremas inundaciones, ¿comprendes lo que estamos ocasionando en el planeta entero, excusándonos en supuestos fenómenos climáticos?

– Si Señor Juez, lo comprendo y me alegra que usted lo vea.

– Sólo espero recordarlo cuando despierte.

– Entonces, ¿reconoce que ha estado dormido todas estas décadas?

– Sí, sin lugar a dudas.

– ¿Qué hará al despertar?

– Exigir el Estudio de Impacto Ambiental y Sociocultural del plan y del decreto de desarrollo.

– Mi ignorancia gana Señor Juez, creo que esos estudios se hacen sobre los proyectos de obras, es decir, sobre las explotaciones específicas y micro localizadas.

– De ninguna manera, debemos acostumbrarnos a hacer análisis predictivos de las incidencias e impactos de los planes, las leyes, las políticas públicas, los decretos, las normas, las decisiones políticas en general y las medidas de intervención pública, no sólo de los proyectos de obras civiles.

– Señor Juez, eso es altamente de avanzada, significa la posibilidad de dejar atrás la sociedad teo-céntrica e incluso la actual sociedad antropo-céntrica y pasar a un sistema holístico sensiblemente eco-céntrico.

– Es la única manera de sobrevivir en este planeta, tal como los pueblos originarios lo han sustentado por milenios. Ya no más valorar el peso de los países por su crecimiento económico, porque ya no debe concebirse el crecimiento económico ad infinitum, cuya economía no toma en cuenta los mecanismos y los ritmos de reposición de los recursos naturales.

– Son palabras mayores, Señor Juez, algo profundo para digerir por todos.

– Usted ya lo dijo, es sólo sentido común, basta que los tomadores de decisiones uno a uno vayan despertando y el rayo de luz ya se nos viene encima a todos.

– ¿Rayo de luz?

– El que usted mismo ha traído a mi despacho hablando en nombre de los bosques y las selvas. La Madre Tierra se manifiesta de manera misteriosa y todos somos instrumentos celestes y terrenos para actuar en consecuencia.

– ¿Lo recordará, Señor Juez, cuando le toque despertar?

– Ya estoy despierto.

– Lo abrazo Señor Juez, déjeme salir a la sala de espera y hacerle señas al alguacil, necesito un café.

– ¡Jaime!, venga un momento.

– ¿Si Doctor?

– Dígale al señor que acaba de salir del despacho que vuelva, quiero despedirme.

– ¿Cuál señor, Doctor?, no ha salido nadie de su despacho, bueno sí, yo lo hice hace diez minutos.

– ¿Diez minutos?, si yo estuve por cerca de hora y media conversando con…, olvídelo.

– ¿Qué hago con estas cajas que están en el suelo?

– ¿Cuáles cajas?, ¿qué contienen?

– Déjeme ver (…), ¡qué hermosas plantas Doctor!, ¡vaya colores!, y su nombre tallado en las macetas ¡luce genial!, se nota que lo aprecian mucho Doctor.

– Retírese por favor y haga pasar dentro de quince minutos a los funcionarios que traen los alegatos contra el recurso de amparo recién introducido contra el decreto de explotación minera.

– Como usted ordene, Doctor.

@samscarpato

Código: 03-2016-1057

Para citar este escrito:

SCARPATO, Samuel. (2016). Señor juez, vengo a hablarle en nombre de los bosques y de las selvas. Primera publicación en fecha 06-Jun-2016 en el medio Facebook. Segunda publicación en fecha 03-Ago-2016. Consultado en fecha (día)-(mes)-(año). Disponible: http://samscarpato.com/senor-juez-vengo-hablarle-nombre-los-bosques-las-selvas/