¿Primavera chilena?

Existen despertares que parecieran surgidos de la nada, sin embargo, la química efervescencia de una sociedad silenciosa, es más compleja de lo que muchos imaginan. Citar eslabones perdidos, para explicar los acontecimientos, no tiene sentido. Luego, remediar con enlaces catalíticos de la misma reacción, sólo empeorará las cosas.

Una década atrás

Es el Chile que pocos conocían en los albores del siglo XXI. Fui como científico social, enviado por la Universidad Simón Bolívar y gracias al auspicio de la Universidad de Kassel y la Agencia de Cooperación Alemana. Por esto último, debía dejar encapsulada mi sensibilidad social junto con la militancia ecologista que me acompañaron desde siempre. Sólo debía remitirme a una pasantía doctoral y al apremio en hacer un informe sobre desarrollo local, con énfasis en el impacto de las políticas agroalimentarias sobre el medio rural e indígena.

Se me hacia dificil comenzar, al menos encontrar un hilo conductor por el cual llegar a algunas de las raíces del problema. Mi problema era que no tenía un problema a la mano porque, fuera de Chile, sólo llegaban buenas noticias de su crecimiento económico, orden social y buena estructuración y codificación de sus normas, en especial de las políticas públicas. Traía conmigo anotaciones de cosas buenas que estudiar y emular; todo estaba bien en Chile, según los medios internacionales, en apariencia, nada que criticar.

Desde lejos, la referencia contraria, la tenía por las amistades que conformaban la diáspora y los hijos de ella, posterior al 11 de septiembre de 1973. En muchos países, crecimos con amigos y vecinos chilenos, se nos hizo normal recibirlos como tantos más de nosotros; eran silenciosos, demasiado para nuestro gusto, hablaban poco de los acontecimientos pasados porque “aún era peligroso hacerlo”; jamás entendí esa frase hasta que viví en Chile y fui hilvanando el sentido de los hechos.

A lo que iba

Una vez en territorio austral y, por más que la curiosidad me llamase, debí limitarme a lo que iba, lo cual se me hacía particularmente difícil. “Recuerda, sólo vienes a hacer un estudio, así que levanta la información y punto”, me repetía a diario. Los seminarios del profesor Bernardo Castro, en el postgrado de la Universidad de Concepción, me proporcionaron una amplia información comprensiva de fondo y, por otra parte, la información derivada de los organismos visitados y sus respectivos portales en línea (muy bien estructurada, repito), me daban señales de la consistencia y cobertura de las políticas agroalimentarias.

Desde el principio, me sentí vigilado. Fue una sensación extraña caminar, observar y hacer entrevistas, para después sentarme en alguna plaza a escribir y continuar observando. “Chile no tiene casi extranjeros, los inmigrantes son prácticamente inexistentes”, me decía a lo interno, para justificar esa silente persecución. Luego comprendí que el control social era tan común como normal, un tatuaje que llevaba cada uno de sus ciudadanos. Al recorrer distintos países del continente, creí haber percibido eso sólo en los EE.UU., no obstante, en el Chile de aquel momento fue más intenso aún.

Este país parecía aislado del mundo, limita al norte con el desierto, al sur con la Antártida, al este con la cordillera de los Andes y al oeste con el océano Pacífico. No se percibía la existencia de países vecinos, me refiero al intercambio dinámico de personas como sucede con fronteras convencionales. ¿Es tal vez debido a que ha estado en permanente conflicto con todos sus países limítrofes?, me respondía con esa pregunta. Aparte, la lengua que encontré, era como meterse en la máquina del tiempo y retroceder al español hablado hace trescientos años, impregnado de antiguos modismos y hermosos toques provenientes del quechua y del mapudungún.

Esto apenas era el comienzo. Tuve que contrastar el “milagro chileno” en campo. La realidad pasaría a ser la protagonista; ella debía desempatar el juego o, más bien, deslastrarlo de cualquier adorno a los ojos incautos de los observadores apresurados. Pensé, por algunos días, y puse en práctica una ruta de trazabilidad de ciertas variables teóricas y de las “impresionantes” cifras oficiales. Algo no andaba bien en medio de tanta fortuna institucional y macroeconómica.

¿Por dónde comenzar?

Desde muy joven me apasionaba impulsar proyectos sociales en campos y selvas, al menos alfabetizar, organizar datos, gestionar soluciones y, con el paso de los años, coordinar proyectos enteros. Por ello, la idea de residenciarme en los lugares más sencillos y conectarme con la gente de a pie, no sólo fue necesario para conocer el Chile genuino, sino que fue la mejor decisión.

Luego de posicionarme en la ruta de trazabilidad de las políticas agroalimentarias, las sorpresas comenzaron a aparecer. Con unos amigos visité algunos viñedos, con otros, mercados de frutas y hortalizas. Fui también a pequeños aserraderos y plantaciones forestales. Al conocer unos pocos lugares, los otros fueron apareciendo, hasta que me dediqué por un buen tiempo a observar y preguntar; en mis ratos libres, transcribí los manuscritos en mi viejo computador portátil.

El milagro macroeconómico fue desdibujándose. Al igual que sucede en todos nuestros países, el PIB per cápita poco coincidía con la realidad microeconómica a nivel de hogares urbanos y pequeños productores del campo, conformantes del grueso poblacional. En ausencia de un integrador estadístico que agregue y genere índices mesoeconómicos, que respondan a su vez a la realidad de los hogares, lo más fácil o conveniente para los gobiernos es inferir deductivamente (a partir de los índices macroeconómicos), la situación específica de bienestar social de los hogares. Nada más lejos de la realidad.

Comencé a comprender la realidad chilena

Con mis propios ojos, vi cómo eran sustituidos suelos fértiles y cultivos con fines alimenticios, por viñedos y plantaciones forestales; empresarios y funcionarios en campo, me decían que “eso genera buenos empleos y empuja la economía chilena”. Yo trataba de mantener la compostura (aún no me acostumbraba a ser investigador doctoral) y limitarme a pensar que ciertamente eso empujará la economía chilena hacia una implosión socioeconómica que no tardaría muchos años en llegar.

“Cuando colapse la agricultura de base, los chilenos comprenderán que la madera o la pulpa de papel no se pueden comer, traerán del extranjero cada vez más productos alimenticios y esto ocasionará serios problemas”, le decía a los pocos amigos chilenos que encontré con la visión de comprender este problema de fondo, sin necesidad de mezclarlo con una discusión ideológica partidista. Esto, por citar uno de tantos pequeños problemas entre tantos que tejen una plataforma de sociedad realmente frágil.

Pasada más de una década, he visto en Francia o en Italia, país donde vivo actualmente, que el grueso de la “gran agricultura” y lo viñedos, por ejemplo, están conformados por conglomerados de pequeños o muy pequeños productores. Para colmo chileno, en Francia o en Italia, a las materias primas minerales (por decir de Chile, el cobre), se les da un alto valor agregado, igualmente a través de miles de pequeñas y medianas empresas que conforman los respectivos clusters; esto representa un enorme generador de empleos, muchos de ellos son emprendimientos familiares donde el beneficio queda en casa y recircula en la comunidad.

Chile (Latinoamérica en general) apunta a ser un país desarrollado, pero sin un sólido tejido microempresarial que pueda dar un alto valor agregado a las materias primas que pesan más dentro de su PIB (cobre, litio, molibdeno, etc.). La composición de este tejido (de cada cluster o ecosistema) es lo que da, en Europa, la capacidad para amortiguar las crisis. En nuestra América, el empecinado paradigma a seguir, es el de las grandes corporaciones insignes de cada sector. Cuando el tejido no tiene un considerable grado de consolidación y desarrollo como Canadá, por ejemplo, la economía es sustancialmente más vulnerable, dependiente y esencialmente suicida al trasladar el modelo al conjunto de hogares ausentes de eslabones que los integren con un verdadero tejido productivo local.

Vi el “milagro” chileno como un gran árbol sostenido sobre aristas artificiales que, una a una, pronto colapsarían. Una de ellas, tal vez la más importante, es la educación. Al tener experiencias cercanas de educación gratuita, de calidad y a todo nivel (para el momento, en Argentina, México, Venezuela, entre otros países), me era inconcebible conocer para entonces el estado del estudiantado respecto de su proceso de formación académica, siendo el sistema educativo chileno la barrera entre ambos, cuando, se supone, el sistema debe ser el integrador entre el estudiante y su proceso de formación, más no el obstáculo.

“Esto no está bien”, me repetía como presagiando que, al derrumbarse este pilar o sector fundamental, algún día el reclamo a la sociedad política iba a ser demoledor (como comienza a ser en los EE.UU.). Conversaba con algunas de tantas familias endeudadas (hipotecadas), las que menos, por 12 a 15 años, para que sus hijos pudiesen ir a la universidad y romper el ciclo del subempleo y el empleo poco remunerado, y los testimonios eran pavorosos; padres con dos o tres empleos para poder pagar el crédito educativo, por tanto, hijos que crecían sin la presencia de sus padres y estos últimos con mayor propensión a enfermedades y depresiones de todo tipo, desde ataques de histeria y violencia intrafamiliar, hasta suicidios.

Al indagar sobre servicios tan básicos como la salud o el agua potable, me sentí desencajado. Literalmente es una explotación (aprovechamiento comercial) del sector. Paradójicamente, si una sociedad en constante y creciente tensión, experimenta, de hecho, un mayor requerimiento de servicios de salud (atención primaria, especializada y acceso a medicamentos) y, no obstante, estos servicios en su mayor parte están privatizados y de lo cual se lucra, entonces, acceder a ellos implica tener un considerable poder adquisitivo o bien una póliza de seguro con amplia cobertura, como también un fondo de pensiones (según la edad o estado del trabajador) con la capacidad de cubrir tal demanda básica. Esto era ya insostenible.

Supe, de primera mano, de personas que no pudieron heredar los ahorros de sus padres o cónyuges, también de casos en los que el pensionado sólo pudo aprovechar, cuando mucho, el 80% de sus fondos ahorrados (sobre la base del capital aportado, sin intereses de colocación sobre dicho fondo). Esto es, de nuevo, la vuelta al torniquete que estrangula un laberinto sin salida donde metieron a la mayor parte de la población que, sin contención alguna, debía tomar su cauce como una presa que revienta.

Antes de terminar la primera década del siglo, me pregunté cientos de veces, ¿cómo esto no es un tema central a atender por parte de la política pública chilena?, ¿por qué insistimos en la región, en asociar estos temas (ya superados en otras regiones del orbe), a la discusión político partidista?, ¿cómo existen líderes incapaces de unirse ante una discusión que, posiblemente, genere bienestar para todas las partes involucradas?, peor aún, ¿hasta qué punto llegaría esta situación?

Todo tenía sentido

Tiempo después, en 2010, estuve de visita en Chile coincidiendo con la conmemoración bicentenaria de su “independencia”. Caminando por el centro de la capital, tomaba una fotografía a la estatua del galileo, suponiendo que su curador le haría algún mantenimiento por cuanto la estaban removiendo de la cumbre de la catedral. En medio de los curiosos, comencé a decir en voz alta (a modo de broma) que esa estatua sería sustituida por una de Piñera, a propósito del inicio de su primer período presidencial, sin imaginar que, casi una década más tarde, al poco tiempo de iniciar el segundo mandato de este personaje político, se habría dado efecto la mayor implosión social registrada en la historia de Chile.

A este punto, creo haber sustentado (en parte) que es ridículo pensar que los responsables de tal implosión son los inmigrantes infiltrados en las marchas. Eso equivaldría a insultar la inteligencia de un pueblo (indistintamente su extracción social) que ha aguantado lo que pocas sociedades han soportado. Algunos, con cortedad de análisis, han querido asociar este tipo de explosiones sociales al vandalismo de “La naranja mecánica” o el “Joker”, digamos que es un poco más parecido a “La casa de papel”, por hacer alusión a agentes extranjeros que te dan qué pensar.

Es como culpar a Stéphane Hessel y su libro “¡Indignaos!”, de las movilizaciones sociales en la España del 2011. Qué ingenuidad o ganas de confundir, por parte de los que no asumen responsabilidades, dejando en evidencia que el “hemisferio sur del Continente Americano” es “tan poco y tan mal conocido”, como expresó Gabriela Mistral en 1945, al recibir el Nóbel de Literatura.

¿Es posible abordar la situación sin conflictos?

Sugiero, si me lo permitieran, atender prontamente los temas sobre los que exista acuerdo sustancial y, en los que no, sentar las partes (todos los grupos de interés) para definir la metodología y la agenda por la cual se abordarán aquellos que generen desacuerdos. Esto supondría una salida política y técnicamente más viable, y socialmente menos violenta. Confrontar las demandas pudiese alargar la discusión y dar protagonismo sólo a los parlamentos.

En menos de un lustro todo cambió y para siempre. En 2006, un estallido inesperado, irrumpió la escena política y social; los estudiantes de educación media fueron a paro, alzados contra las medidas de aumento en el costo de la matrícula escolar. Nada había fastidiado tanto al gobierno desde 1973. Se trataba de una organización de masas que se multiplicaba por todo el país sin líderes aparentes; era la bien llamada generación de los sin miedo. El largo episodio se denominó la revolución de los pingüinos, en alusión a la típica vestimenta escolar de los adolescentes chilenos. Esto dejó los poros abiertos de la sensibilidad de toda la sociedad.

Un segundo episodio sacudió a los que aún no se sumaban a la solidaridad. Me refiero al gran terremoto de casi nueve grados que se registró a finales de febrero del 2010 con epicentro en la ciudad que me habría acogido, siendo esta la prueba superada de organización y autoayuda. Ambos episodios, fueron la madurez definitiva de una sociedad que ya venía cansada de no poder decidir sobre asuntos clave de su cotidianidad.

Este intenso despertar del pueblo chileno, con especial énfasis en la generación subestimada que marcó un rumbo en 2006, corresponde a un profundo ciclo social que hará importantes anclajes en 2020.

Esperemos cese la violencia y las partes comprendan que, atendiendo los cambios profundos, todos ganan en este trance a un nuevo mundo más potable. Al pueblo Mapuche, templanza y comprensión para con el pueblo chileno, que vive lo que ustedes han vivido por siglos enteros, por tanto, ustedes pueden dar testimonio más acrisolado de lo que aquí expongo; ojalá sean los más escuchados en este proceso de reflexión y cambio que apenas inicia.

Gracias Chile, por reconocerse en solidaridad y entendimiento, aunque algunos sectores no lo vean, esto es más profundo y global de lo que muchos sospechan.

@samscarpato

Código: 01-2019-9022

Para citar este escrito: 

SCARPATO, Samuel. (2019). ¿Estamos ante un despertar real?, cambiar redentores sin cambiar el sistema. Primera publicación en fecha 15-Nov-2019 en el medio Facebook. Segunda publicación en fecha 23-Ene-2020. Consultado en fecha (día)-(mes)-(año). Disponible: http://samscarpato.com/cambiar-redentores/