Al salir del consultorio médico en el que buscaba una de las terapeutas que volvió mi alma a sitio, percibí que todo alrededor giraba sin sentido; gente se grita y se mata, no por la esencia de la vida, sino para que pervivan sus ideas.

Me sentí cercano a aquella hoguera siglos atrás, en la que hasta nuestros huesos crujían al decir la verdad que te consustancia con la libertad de la vida, más no con la prisión de las ideologías.

De nuevo apareció de la nada aquella abuela, tal vez de unos noventa años, pero infinita en la sabiduría de los tiempos. Fueron tantas vidas que compartimos, que la galaxia se hizo corta para explicar el sentido de lo que somos y los cambios que nos toca vivir.

– Deja que vayan y vuelvan – Me decía con su característica dulce voz y pícara mirada.

– Pero, ¿no ves que se están matando? – insistí en un vano intento por traerla a este plano.

Su mirada lo fue todo, para hacerme recobrar el sentido de lo que somos y de dónde venimos, razón suficiente para ver el camino.

– ¡Necesito más higiene mental! – gritaba al borde de la calle mientras un vendedor ambulante me esquivaba con su enorme bandeja llena de coloridas golosinas mirándome como pidiendo que me internasen.

– No varón, lo que necesitamos es deslastrarnos – me dijo al tiempo de asentir con su cabeza como el viejo patriarca – záfese de religiones, partidos políticos e ideologías, los acontecimientos planetarios han llegado – dijo casi en silencio, como si compartiésemos la misma banca bajo el enorme árbol en amanecer del domingo en la plaza del pueblo.

Lo señalé con el dedo como queriendo sonreír por su consejo, mientras volteaba rápidamente para decirle a la misteriosa abuela que justamente de eso sentía que hablaríamos.

La abuela ya no estaba y, al volverme de nuevo, el vendedor tampoco.

– ¿Acaso esto es una broma?, ¿un déjà vu o raro aléph que me ancla a la transitoriedad para ir por breves instantes al infinito?

Salud mental, deslastrarse, cambios planetarios…, trataba de atar los cabos repitiendo como mantra, hasta llegar a las puertas de mi terapeuta.

– Listo, hoy me toca reflexología – le decía a mi bella y experimentada terapeuta.

– No creo, hoy te toca reflexionar el mensaje que traes – me dijo en tono seco y suave, desprendida de toda responsabilidad en atenderme y sospechando lo que me había sucedido.

– ¿Hoy no me atenderás? – pregunté confiado y a la vez sorprendido.

– Sanar aislado del mundo es un placebo, hermano; al volver a la cancha te darás cuenta que te has perdido del giro de ritmo, pero sabrás que igual somos multidiversos y entretenidamente jodidos hasta que no desactivemos el sueño.

¿El sueño?, pensaba muy dentro mientras no dejaba de mirarla fijamente a los ojos sin mediar palabra alguna. Recordé las distracciones que nos sacan de foco, como desarmonizando la razón de ser de justamente ser testigos del trance que aparenta una colisión entre dos mundos que en realidad se desvanecen para dar paso a lo que vendrá.

A la abuela le quedaba claro lo que yo aún no entendía; pensé que la gran ramera que traicionaba la evolución de la humanidad era lo asentado literalmente sobre las siete colinas, pero ahora comenzaba a ver que se trata de las siete columnas que yerguen un falso progreso sostenido, precisamente, sobre lo que hoy hacen la educación formal, la medicina, agricultura, alimentación, las formas de entendernos, la agregación política y la religión.

¡Vivimos entonces un sin sentido!, ¡con razón estamos todos enfermos, separados y cada vez más peleados!, borboteaban dentro de mí ideas que se hacían imágenes e imágenes que se hacían emociones.

Miré a mi terapeuta como diciendo “¡lo tengo!” y, sin más palabras, decidí hacerle caso e irme a caminar, tratando de observar entre tanto rebullicio e identificar quiénes aún siguen aferrados a la enfermedad del mundo y quiénes pareciesen ajenos a tan serias distracciones y, más bien, van formando parte del inmenso entramado cuántico que a todos los seres nos une sin distingo alguno.

– ¡La unión de la gente no puede ser en torno a una ideología!, ¡ahora lo comprendo! – grité como loco mientras veía tanta gente hermosa en sus quehaceres más cotidianos.

Somos seres complejos, por tanto debemos unirnos a partir de esa complejidad, es una ecuación simple de decir, extraña de explicar y tal vez difícil de aplicar; ahora comprendo también, que la química orgánica es tridimensional y más, no la plana y aburrida explicación que me dieron en la escuela, tan igual que la física subatómica.

Somos energía pura y a la vez multidimensional, por eso jamás lograremos los acuerdos entre tanto nos separen las ideologías. Para alcanzar la paz, el camino más errado y estéril posible es la anulación del contrario. Al ser energía pura nuestras mentes, cuerpos, espíritus y emociones, jamás se podría lograr tal anulación.

El reconocimiento de la diversidad es justamente la sinapsis que nos hará crecer como humanidad, lo contrario debe ser lo más aburrido e involutivo que exista.

En la medida que comprendamos esto, estaremos cada vez menos enfermos y más cercanos a la nueva humanidad; saldremos de los más espinosos caminos para llegar a los huertos florecidos de nuestra conciencia que ya asoma los frutos de lo que vendrá.

¡No te lo pierdas!

@samscarpato

Código: 05-2017-3147

Para citar este escrito:

SCARPATO, Samuel. (2017). Apuntes cuánticos para resolver nuestros conflictos: lejos de las redes, cerca de las personas. Primera publicación en fecha 30-Abr-2017 en el medio facebook. Segunda publicación en fecha 30-Abr-2017. Consultado en fecha (día)-(mes)-(año). Disponible: http://samscarpato.com/apuntes-cuanticos-resolver-conflictos/