El Caimán de Sanare ya me lo decía, “hijo no pierdas la sorpresa, porque nunca sabes cuándo encontrarás a tu duende dentro de una auyama”. Le preguntaba que si no se refería más bien a la esperanza. “Muchacho pendejo, te dije la sorpresa, debes sorprenderte cada vez que veas un duende para que te pele los ojos y no te joda tanto la paciencia”.

– Pero, ¿tú lo sacaste o lo metiste en la auyama?– le pregunté algo confundido.
– Depende de cómo se porte el condenado y de cuántas travesuras busque hacerte– me decía El Caimán con una enorme y pícara sonrisa.

Recorrer Yacambú, caminar la quebrada de El Blanquito cuesta arriba persiguiendo mi enorme mariposa azul, como era costumbre desde niño, me hizo conocer senderos que ya no recuerdo en qué parte del mundo y del tiempo terminaban dando la vuelta, porque eran espacios y tiempos que nunca pude precisar por el correteo de los duendes que no paraban de sonar como campanillas en mis oídos.

– Ah no, esas son hadas, no duendes– me aclaraba El Caimán.
– Sinceramente, nunca las vi volar
– Como que eres pendejo, jovencito, ¿de dónde crees que sonaban las cascahuillas?
– ¿Las qué?– le replicaba perplejo.

Dulces metales y permanentes olores de aromas violáceos acompañaban el caminito dejado por lapas y picures con extrañas cuevas, rejillas y portezuelas. Así siempre fue esa mágica montaña, llena de húmedos helechos, extrañas bromelias y orquídeas por doquier, junto con penetrantes musgos que pedían sonrientes no pisarlos ni arrancarlos.

Fue tan extraño para mí conocer gente que no entendía estos mundos, que me refugiaba de nuevo en la montaña, pero allí no encontraría mi auyama, aunque tal vez sí encontraría el duende que, si se ponía travieso, debía meterlo en otra auyama, la auyama de El Caimán.

Treinta años pasaron como si nada y nada que envejecían los duendes que siempre nos acompañaban. Risas tras risas, travesuras tras travesuras, no podíamos dejar de volvernos niños cada vez más, hasta que regresamos a ese mundo del que nunca salimos, una extraña esfera amarilla era nuestro universo.

No supe cuándo ni cómo lo hizo, pero el duende nos metió dentro de una enorme auyama antes que se la pusiéramos de tapa por el cogote, y a partir de ese momento no hemos hecho más que rodar por un mundo de insólitos parajes e interminables risas, no nos quedó de otra que hacer travesuras hasta que por fin una mano inocente abrió esta gran auyama y pudimos volver de donde jamás quisimos salir.

Es así como nos quedamos atrapados fuera de la gran auyama, sin mayor sentido de la travesura, esperando que El Caimán me grite desde adentro “¡muchacho pendejo!, no dejes de ser niño o te perderás en el delirio conocido”.

Volvamos pues a la sorpresa y a lo que parece de otro mundo, porque de este mundo ya se han hablado muchas pistoladas.

Cuando veas a tu duende no lo encierres en una auyama, pero no te olvides de pelarle los ojos y de poner cara de sorpresa, hazlo siempre para que carcajada tras carcajada él solito te mande por el cogote su auyama y vuelvas así a ese enorme y hermoso universo amarillo de cual nunca debiste salir.

@samscarpato
Serie Relatos de Yacambú

Código: 08-2015-6154

Para citar este escrito: 

SCARPATO, Samuel. (2015). Tarde o temprano aparecerá el duende dentro de la auyama. Primera publicación en fecha 24-Sep-2015 en el medio Facebook. Segunda publicación en fecha 18-Mar-2017. Consultado en fecha Día-Mes-Año. Disponible en: http://samscarpato.com/aparecera-duende-auyama/